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CAYETANO HEREDIA: PROMOCION '74    "Dr. Homero Silva Díaz"

 
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"La Voz del Cachimbo"

Fundado 1967

Año XXXV

Director Jaime Arias Congrains

129ª Edición  15/Mar/02 8 a.m.

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 Unos chistes reenviados por el Flaco Lema y unas fitichis de Cindy:

1.  2000 cohetes
 Un hombre mayor va al médico porque ya no rinde lo que debiera rendir en la cama.  "Mire, doctor, que yo antes en la cama era un tigre y ahora pues ya no".  "Hombre, usted tiene que entender que a su edad..."  "Ya, pero tal vez usted pudiera hacer algo para solucionarlo".  "Mire, para que usted lo entienda: un hombre a lo largo de su vida puede tirar 2000 cohetes; cuando los cohetes se acaban no se puede hacer nada".  Al día siguiente vuelve el hombre y protesta:  "Mire, doctor, usted me dijo que un hombre podía tirar 2000 cohetes. Yo llevo casado con mi mujer desde el 58 y habré tirado unos 1000 cohetes; entre ligues y juventud otros 500, ¿dónde están los 500 que faltan?" A lo que el médico le responde: "¿Y los que le han explotado en la mano?"

2. El espejo
 Un gallego iba por la calle y se encontró un espejito de cartera, lo levanto, se miró y dijo: -¡Coño! ¡A este tío lo cunozco! Y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.  De regreso a su casa volvió a mirarse al espejo y repitió: -¡Joder! ¡Que a este tío lo cunozco!  Al entrar a su casa guardó el espejo en el bolsillo de su pantalón y se  sentó en la mesa del comedor. Mientras la Josefa le servía la comida,  el gallego volvió a mirarse en el espejo y repetía: ¡Ostia! ¡Yo a este tío lo cunozco!  Cuando Josefa se dió cuenta, le preguntó:  -Oye, Manoel ¿qué tienes en la manu?  -Nada importante, mujer.  Y se guardó el espejo en el bolsillo del pantalón.  Terminada la cena el gallego se fue a dormir dejando el pantalón sobre una silla. Josefa, intrigada, una vez dormido su esposo se acercó a la  silla y retiró el espejo del pantalón, se miró al mismo y dijo:  -¡Ya lu sabía! ¡Es una foto de mujer! ¡Y qué cara de puta que tiene!

3. Las fotichis de Cindy las he puesto en powerpoint como archivo adjunto: cindy.pps

El Flaco Lema reenvió unas reflexiones en power point que las he extraído de la misma y se las pongo a continuación:
 LA DIFERENCIA QUE HACE LA DIFERENCIA
 Los deseos primarios de todas las personas son: la felicidad, progresar y ganar dinero.
 Una forma de lograr estos objetivos es siendo rico y próspero.
 Así como hay personas pobres y personas ricas, hay países pobres y países ricos...
 La diferencia entre los países pobres y los ricos no es su antigüedad...
 Queda demostrado con los casos de países como India y Egipto, que tienen mil años de antigüedad y son pobres. Al contrario, Australia y Nueva Zelanda, que hace poco más de 150 años eran desconocidos, hoy son, todavía, países desenvueltos y ricos.
 La diferencia entre países pobres y ricos, tampoco está en los recursos naturales que disponen, pues Japón tiene un territorio muy pequeño y su 80 % es montañoso, malo para la agricultura y ganado, sin embargo es la segunda potencia económica mundial: su territorio es como una gran fábrica flotante que recibe materia prima de todo el mundo y los exporta transformados, acumulando su riqueza.
 Por otro lado se encuentra Suiza, sin océanos, que tiene una de las mayores flotas náuticas del mundo, no tiene cacao, pero sí el mejor chocolate del mundo, en sus pocos kilómetros cuadrados, cría ovejas y cultiva el suelo solo cuatro meses al año, ya que el restante es invierno; pero tiene los productos lácteos de mejor calidad de toda Europa. Igual que Japón, no tiene productos naturales, pero da y exporta servicios con calidad muy difícil de superar; es un país pequeño que da una imagen de seguridad, orden y trabajo, que los convirtió en la “caja fuerte” del mundo.
 Tampoco es la inteligencia de las personas la diferencia, como lo demuestran estudiantes de países pobres que emigran a los países ricos y consiguen resultados excelentes en su educación; otro ejemplo son los ejecutivos de países ricos que visitan nuestras fábricas, y al hablar con ellos nos damos cuenta que no hay diferencia intelectual.
 Finalmente no podemos decir que la raza hace la diferencia, pues en los países centro-europeos o nórdicos vemos cómo los llamados “ociosos” de América Latina (nosotros of course), o de África, demuestran ser la fuerza productiva de esos países.   
 Entonces ¿qué hace la diferencia?
 LA ACTITUD DE LAS PERSONAS HACE LA DIFERENCIA...
 Al estudiar la conducta de las personas en los países ricos, se descubre que la mayor parte de la población cumple las siguientes reglas, cuya orden puede ser discutida:
 1) La moral como principio básico...
 2) El orden y la limpieza...
 3) La integridad...
 4) La puntualidad...
 5) La responsabilidad...
 6) El deseo de superación...
 7) El respeto a las leyes y el reglamento...
 8) El respeto por el derecho de los demás...
 9) Su amor al trabajo...
 10) Su esfuerzo por la economía y acometimiento.
 Necesitamos de más leyes?
 No sería suficiente cumplir y hacer cumplir estas 10 simples reglas?
 En los países pobres sólo una mínima (casi ninguna) parte de la población sigue estas reglas en su vida diaria. No somos pobres porque a nuestro país le falten riquezas naturales, o porque la naturaleza haya sido cruel con nosotros.
 Simplemente por Nuestra Actitud.
 Nos falta carácter para cumplir estas premisas básicas del funcionamiento de la sociedad
 Si esperamos que el gobierno solucione nuestros problemas, esperaremos toda la Vida.
 Cuanto más empeño pongamos en nuestros actos y cambiemos nuestra actitud, puede significar la entrada de nuestro país en la senda del progreso y bienestar...
 
 Un par de artículos reenviados por el Cholus y que han aparecido en el diario El País:
 1 .Otra santa más para la guerra
 No ha podido ser más inoportuna la propuesta aprobada por la Conferencia Episcopal Española de que se reavive el proceso de beatificación de Isabel la Católica, iniciado por sus antecesores en tiempos de Franco y Pío XII. Vivimos momentos de máxima gravedad en el conflicto israelo-palestino que envenenan diariamente judíos ultraortodoxos y partidarios de la jihad islámica en su pugna por lugares y territorios que ambos consideran santos. En la India, en estos últimos días, y también disputando por un lugar sagrado, hindúes y musulmanes se han dedicado a quemar trenes atestados de gente (el fuego es un medio de liquidación del adversario muy del gusto de las religiones, porque purifica, elimina cualquier resto de contaminación maléfica). Y desde Argelia hasta Manhattan, los fundamentalismos religiosos atizan el enfrentamiento entre países y culturas, por si fueran pequeños los problemas de la modernización y de la dependencia. Las religiones, en resumen, están demostrando ser un factor que agrava, más que apacigua, los conflictos humanos. Y he aquí que el catolicismo, quizá por haber perdido algo de sus viejos fervores bélicos, no ha desempeñado un papel destacado en estas luchas recientes. Yo diría que por suerte para él. Los obispos españoles, sin embargo, no están contentos. Quieren participar.
 La Iglesia eleva a alguien a los altares porque lo propone como modelo de conducta para los cristianos. ¿Lo fue de verdad Isabel de Trastámara? Alcanzó, para empezar, el trono de Castilla de una forma, cuando menos, polémica: disputándoselo a Juana, hija legítima, en principio, del rey Enrique IV y su segunda esposa, Juana de Portugal, y reconocida como heredera por las Cortes de Toledo de 1462. Pero Isabel, hermana del monarca, se apoyó en las fracciones nobiliarias, siempre deseosas de socavar el poder real, y fomentó el rumor de que Juana era la Beltraneja, una hija adulterina de la reina, logrando al fin que fuera desheredada. Ello dio lugar, como se sabe, a una guerra civil, desarrollada en varias fases, antes y después de la muerte de Enrique IV. Juana recibió el apoyo del rey de Portugal, su tío Alfonso V, que pensaba desposarse con ella. Pero Isabel contraatacó concertando su matrimonio con el príncipe heredero de Aragón, Fernando, y apresurándose a celebrarlo. Un obstáculo se oponía a las prisas de los contrayentes: que eran primos, lo que obligaba a pedir una dispensa papal que tardaría meses en llegar. La dificultad se resolvió falsificando el documento, hecho sobre el que hay acuerdo unánime entre los historiadores y que espero los señores obispos no encuentren modelo recomendable de conducta (porque sería arrojar piedras contra su propio tejado). A partir de ahí, se inició la fase definitiva de la guerra civil, que acabó en 1479 con la victoria de Isabel y el bando aragonés.
 Hasta aquí, por tanto, no tenemos mucho de ejemplar en la vida de Isabel. Como aspirante al poder, no había sido sino una hábil jugadora en el tablero político, sin más escrúpulos con la ley o con los derechos de los otros candidatos de los que mostraría un aventajado discípulo de Maquiavelo. Pero no es ésta la principal razón por la que no deberían proponer su beatificación, porque lo más grave vino luego, cuando se convirtió en reina y se ganó el título de Católica.
 Una vez instalados en sus dos tronos, los monarcas de Castilla y Aragón emprendieron, como todo el mundo sabe, una guerra contra el único reino musulmán que quedaba en la Península, el nazarí de Granada. La guerra fue larga y terminó en victoria. Pero no por medio de la 'conquista de Granada', como suele decirse, sino por la capitulación pactada de esta ciudad. 'Capitulaciones' se llamaron, en efecto, a las condiciones firmadas por Isabel y su esposo, por las que el reino entró bajo la soberanía castellana, pero comprometiéndose a respetar la lengua, la religión, la forma de vestir y las autoridades judiciales tradicionales de los hasta entonces súbditos de Boabdil. Cláusulas semejantes se habían pactado en previos avances cristianos hacia el sur y algo de tolerancia y de convivencia multicultural había tenido lugar, en efecto, en el Toledo de Alfonso VI o la Sevilla de Alfonso X. Pero esta vez no iba a ser así. Durante los primeros años, los reyes mantuvieron en el obispado de Granada a Hernando de Talavera, fraile culto y paciente que intentó, desde luego, la conversión de los musulmanes, pero por métodos pacíficos, limitando la actuación de la Inquisición y haciendo que sus predicadores aprendieran el árabe para facilitar la aceptación de su mensaje. A Talavera -a quien nadie propone canonizar hoy- le sucedió Cisneros, que emprendió la evangelización de los musulmanes granadinos por métodos coactivos mucho más directos, con lo que forzó rápidamente unos miles de conversiones, pero también provocó dos sublevaciones sucesivas, en el Albaicín y las Alpujarras, reprimidas sin contemplaciones por orden de la propuesta beata y su esposo.
 El 14 de febrero de 1502 -acaba de cumplirse el medio milenio, aunque ha pasado desapercibido-, la real pareja decidió, por fin, desentenderse de aquellas 'Capitulaciones' que había firmado con toda solemnidad diez años antes. Y se decretó la expulsión de todos los granadinos que no aceptaran la conversión al cristianismo. No quiero en este artículo discutir el acierto o la necesidad política de aquella medida, sino juzgarlo como ejemplo moral. Y, francamente, no me parece que estén los tiempos como para erigir en modelo de conducta a quienes, por un lado, desprecian de manera tan descarada la palabra dada y, por otro, imponen su religión por medios tan violentos. Una imposición que se repetiría en esa América en la que tantas almas se 'conquistaron', según constatan con satisfacción los obispos.
 Con los musulmanes, los reyes no hacían sino repetir la fórmula utilizada diez años antes con los judíos. El decreto de conversión forzosa o expulsión de los judíos se había dictado, en efecto, en la primavera de aquel célebre 1492, sólo tres meses después de la capitulación de Granada. En este caso hubo una circunstancia agravante, ya que, según parece, los monarcas aprovecharon la expulsión para desembarazarse de una comunidad con la que habían contraído graves deudas durante la guerra granadina. De nuevo evitaré debatir aquí si la paz social que ganó el país con la homogeneidad religiosa compensó la pérdida que supuso la expulsión de aquel sector social tan dinámico intelectual y profesionalmente. Ahora sólo se trata de evaluar la catástrofe humana que provocó la medida, el desprecio que mostró la reina hacia el sufrimiento de sus semejantes: unas cien mil personas, al menos, hubieron de abandonar la tierra donde sus antepasados habían vivido más de un milenio, se vieron obligados a malvender sus propiedades y a emigrar sin poder llevarse el oro o la plata obtenido en la venta, con las imaginables secuelas de muertes de ancianos y niños en el camino y de ejecuciones ejemplares para quienes se resistían a obedecer la orden. Hay todavía rincones en Europa donde los descendientes de aquellos sefardíes conservan y cultivan su castellano del siglo XV y recuerdan con nostalgia aquella Sefarad de la que tuvieron que salir por orden de la reina católica. ¿Cómo pueden recibir la noticia de la beatificación de la firmante de aquel decreto? Puede que los obispos se hayan planteado esta pregunta y puede que no, pero en ambos casos parecen tener, ante esta población, una insensibilidad parecida a la que mostró aquella reina a la que hoy quieren beatificar.
 Tampoco terminan ahí los agravios. Otro más hay, esta vez inferido a la humanidad en su conjunto, a la libertad de pensamiento y expresión, al mundo moderno que anunciaba su aparición y a la comunidad intelectual en especial. Al comienzo mismo de su reinado, Isabel de Castilla, con el pretexto de vigilar la ortodoxia de los judeo-conversos y castigar a quienes recayesen en sus antiguos cultos, extendió a Castilla el Tribunal del Santo Oficio. No es que hasta entonces no se hubiera reprimido la 'herejía' -es decir, las interpretaciones del mensaje bíblico diferentes a la mantenida por la Iglesia-, pero este rincón de Europa se había resistido a establecer un tribunal especial encargado de tal misión. Siguió resistiéndose, tras adoptar la medida los Reyes Católicos, como demuestra el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués en Zaragoza. Pero a la postre los reyes impusieron su voluntad. Y como los judíos y musulmanes acabaron siendo expulsados, sus sucesores, convertidos por ley en cristianos, cayeron bajo la jurisdicción inquisitorial, al igual que cayó todo sospechoso de albergar ideas innovadoras que pudieran atentar contra el dogma. Durante más de tres siglos, el tribunal pesaría como una losa sobre cualquier mente pensante del país y apartaría a éste de la revolución intelectual que sacudió a Europa. Y del número total de 'relajados' -condenados a la hoguera- por parte del Santo Oficio a lo largo de sus trescientos años de historia, aproximadamente la mitad correspondieron al cuarto de siglo inicial; justamente los años que duró el reinado de aquella Isabel I que ahora los obispos españoles proponen para la beatificación.
 Ellos sabrán. O de verdad se consideran mensajeros de una religión de paz y amor, y en ese caso adoptan gestos que ayuden a la reconciliación y el apaciguamiento de los conflictos humanos, o prefieren ser beligerantes en la pugna por el poder terrenal, invocando mandatos sobrenaturales. En este último caso, no hay duda de que hacen bien en beatificar a Isabel la Católica, porque sus medidas ayudaron a afianzar la influencia social y el poder político de la Iglesia durante siglos. Pero me temo que la única opción que nos queda entonces a los demás, a quienes queremos legar a nuestros hijos una sociedad pacífica y civilizada, consiste en pedir que el dinero público destinado a educación se dedique exclusivamente a impartir valores cívicos, sin el menor contenido religioso. No por anticlericalismo, sino por vacunarnos contra futuros conflictos. Porque, a juzgar por los modelos de conducta que nos proponen, los obispos parecen decantarse por un tipo de religión peligrosa para la convivencia ciudadana.
 2. Reflexiones en torno a la muerte de un hombre bueno
 Creo que no se le pueda recordar a José Ortega de otro modo, sino como un hombre bueno, sin maldad. Yo, que me sentí su amigo desde joven, tengo esa misma impresión que manifestó el padre Martín Patino en su funeral. No fue ninguna frase complaciente: fue la realidad, como podemos afirmar para definir su vida los que le conocimos hace muchos años.
 Sin embargo, les surgirá una inquietud a los que son creyentes ante uno que no lo fue. La realidad es que los que tenemos fe religiosa hemos tendido más barreras que puentes entre creencia e increencia, como si perteneciéramos a dos bandos opuestos. Yo, que he vivido esto en mi propia familia desde niño, estuve preocupado por ese aparente antagonismo que divide al mundo en dos tipos de seres humanos antagónicos. Y lo resolví leyendo y meditando a algunos pensadores creyentes que estuvieron inquietos por esa situación. Y llegué a una conclusión: esa división es falsa, porque no estamos tan distantes los unos de los otros.
 Lo he visto realizado en mi ya larga vida, y en las numerosas experiencias que he vivido en ella, conociendo a las más diversas personas y teniéndolas como amigos. Sin embargo, hay quien piensa que lo que quiero con mi postura es llevar a todos a mi propio redil, trayendo el agua a mi propio molino; pero no es eso lo que yo pienso. No es que desee hacerlos a todos de los míos, sino hacerme yo también de ellos, sin que haya una distinción esencial en nuestras vidas: nos separan quizá nuestras ideas, nuestras explicaciones; pero la vida, que es lo importante, es la misma.
 Lo vi bien claro cuando murió un célebre agnóstico, don Enrique Tierno Galván, el que a sí mismo gustaba llamarse 'el viejo profesor'. Me di cuenta de que era yo el que me parecía mucho a su pensamiento. No sé si él era un creyente anónimo o yo un agnóstico anónimo.
 Al menos ésa fue la conclusión dubitativa que se me apareció en mis intercambios sinceros con un grupo de amigos psicoanalistas ateos. Ni yo estaba tan distante de ellos ni ellos de mí. Y cuando les dije que yo los veía como unos creyentes sin saberlo, ellos me replicaron algo que me hizo meditar seriamente desde entonces: que yo en el fondo era un agnóstico oculto. Y les contesté: puesto que ambos llegamos al mismo punto de experiencias profundas de la vida, eso es lo que importa: lo otro son los conceptos que explican lo que unos y otros vivimos por igual. Pero los conceptos no son las realidades profundas, y representan muy imperfectamente nuestras experiencias de fondo. Por eso estoy convencido de que lo más importante es ese fondo, que unos lo interpretamos de un modo y otros de otro. Yo creo, hoy por hoy, que el mío me convence más, pero eso no quita que si un día me convenciera la otra explicación, aunque creo ahora que estaría equivocado; sin embargo, siguiendo como norte de mi vida la misma experiencia de la vida interior, no me inquietaría porque habría seguido mi conciencia y mantenía lo más importante: ser igual en unos y en otros el fondo de la vida y, al conservarlo yo, no habría perdido lo esencial.
 Y así quedó la cuestión.
 Problema que me viene a la memoria por el hecho de haber perdido a un amigo de juventud como José Ortega. Amigo desde los quince años, en que un grupo de estudiantes fundamos una revista que llamamos Juventud. Y allí publicamos nuestros artículos, todavía muy ingenuos, los once compañeros de bachillerato, hijos muchos de ellos de conocidos intelectuales de entonces, como fueron este que ahora nos falta, hijo de don José Ortega y Gasset; Gregorio, el del doctor Marañón, compañero mío de clase en el Liceo Francés; el del novelista Pérez de Ayala; el del periodista de El Imparcial Rafael Gasset; el de Eugenio d'Ors, Alvaro, y el de Miguel Moya, nieto del fundador de El Liberal.
 Algo que va en línea de mi experiencia en el campo religioso es el detalle, para mí significativo, que tuvo José Ortega haciendo no sólo una reseña de mi libro de confesiones religiosas, El nuevo rostro de Dios, sino un extenso artículo apreciando mis ideas, a pesar de creerse él en otra órbita que la mía, pero que no estaba distante de mis experiencias vitales. Y el sorprendente Papa actual dijo, en su lenguaje eclesiástico, el 6 de diciembre del año 2000, que 'a los justos de la Tierra' que ignoran a Dios y su Iglesia no les están vedadas las puertas del paraíso si practican el bien.
 Convicción la mía que no creo tan diferente de la de otros pensadores cristianos que se sintieron unidos en el fondo de sus vidas a sus amistades y familiares no creyentes.
 El gran filósofo tomista del siglo XX, convertido al cristianismo, Jacques Maritain, sostiene en su bello libro Búsqueda de Dios que quien vive una postura ética convencida ya está conociendo a Dios sin saberlo, porque busca el bien por el bien, y eso es, para un verdadero creyente, Dios. No es el recortado personaje que describen tan mal los catecismos, y frecuentemente los libros de teología, sino una experiencia de absoluto, de exigencia de absoluto en la vida sin que sospeche quizá el interesado que eso pueda coincidir con lo que el creyente quiere decir cuando piensa que cree en Dios.
 Y lo mismo pensó una gran filósofa, la discípula predilecta de Husserl, que pasó de atea a católica y se hizo monja carmelita. Fue Edith Stein, muerta en los campos de concentración nazis. Pensaba, según su propia experiencia, que quien busca la verdad, ese tal ya cree en Dios, aunque no sepa llamarle así, o no quiera llamarle de este modo tan desfigurado por los creyentes, que consiguen que algunos abominen de él.
 Y el profesor del Collège de France, gran matemático y filósofo de la ciencia, el cristiano Edouard Le Roy, sostenía que ateo es sólo quien carece de moral, no quien dice no creer en el Dios de los creyentes, que lo han empequeñecido y recortado con palabras limitadas que no pueden definir lo que es una experiencia como la moral, que me supera y desarrolla humanamente, y está por encima de mis limitaciones de palabra.
 Está claro, como confesaba Tierno Galván, que ese fondo moral de nuestras vidas no es una persona que la encerramos en los estrechos límites de nuestros conceptos, que lo empequeñecen, sino el plus de humanidad que dirige positivamente una vida, el impulso creador que mueve toda realidad hacia adelante, y que podemos decir que es la fuerza de nuestra fuerza.
 Otros cinco teólogos pensaron así: los jesuitas K. Rahner, De Lubac, y el P. Riquet, el canónigo Thellier de Poncheville y el abbé Joly. Éste decía que 'hay un absoluto en el fondo de la exigencia moral; y reconocerlo es ya afirmar a Dios, cualquiera que sea el nombre que se le dé' a esa experiencia de la vida.
 Yo me siento, como decía en un artículo que escribí en EL PAÍS hace años, un católico agnóstico porque creo en el sentido moral universal que me enseñaron nuestros grandes místicos y pensadores del Siglo de Oro, pero no en muchas cosas que se me dicen en los libros de religión.
 Y por eso -yo, creyente- me siento hondamente unido a ese hombre bueno que fue, sin lugar a dudas, José Ortega Spottorno.
 
 Por mi cuenta les pongo una reseña del Dr- Oscar Miró Quesada acerca de una investigación acerca del sistema límbico y que fue publicada en el Diario El Comercio el viernes pasado
 Heridas que nunca curan
 Estudios han demostrado científicamente que el sistema límbico del cerebro en los adultos que de niños han sufrido tratos inhumanos no se ha desarrollado por completo
 Las investigaciones del doctor Martin H. Teicher, profesor asociado de psiquiatría en la Escuela Médica de Harvard, director del Programa de Investigación Biopsiquiátrica de Desarrollo del hospital McLean en Belmont, Massachusetts y jefe del Laboratorio de Psicofarmacología de Desarrollo en el Centro de Investigación Mailman de McLean, son impresionantes. Sus estudios de personalidades anormales, junto con sus colaboradores, descritos en el último número de la revista "Scientific American", revelan que los traumas causados en niños por trato inhumano, como castigos físicos crueles, abusos sexuales y agresión emocional permanente, producen daños irreversibles en la estructura nerviosa y el desarrollo del cerebro infantil.
 Las consecuencias de estas agresiones severas en la infancia pueden manifestarse a cualquier edad de diferentes formas. Internamente, como depresión, ansiedad o pensamientos de suicidio. Externamente, como agresividad, delincuencia, hiperactividad o adicción a drogas y fármacos.
 Uno de los estados psiquiátricos más sorprendentes producido por el trato cruel de los niños es el desorden conocido como personalidad límite. Los que padecen este desorden cambian la opinión que tienen de una persona en forma súbita y tienen tendencia a explosiones de cólera y episodios pasajeros de paranoia o psicosis. En 21 mujeres que han sufrido abusos sexuales de niñas, según el profesor Murray B. Stein de la Universidad de California en San Diego, halló anormalidades en el desarrollo del hipocampo. Todas presentaban el desorden psiquiátrico conocido como personalidad múltiple.
 Lo importante de estos estudios es que han demostrado científicamente, con la tecnología de punta de la psiconeurología, que el sistema límbico del cerebro en los adultos que de niños han sufrido tratos inhumanos, no se ha desarrollado por completo. Conviene explicar que el sistema límbico cerebral se encuentra en la parte inferior y lateral del cerebro a ambos lados. Consta de varios núcleos cerebrales (conocidos como centros neurales) que tienen un papel fundamental en la regulación de las emociones y la memoria. El sistema límbico está constituido por el hipocampo y la amígdala cerebral. El hipocampo es importante tanto para formar como para rescatar la memoria verbal y la de las emociones. Mientras la amígdala cerebral crea el contenido emocional de la memoria.
 Ante estos hechos irrefutables, tanto los gobiernos de los países desarrollados como los de los países en desarrollo deben pensar muy seriamente en qué invertir la mayor parte del presupuesto nacional: En educación del pueblo. Si no, al cabo de 50 años vamos a tener sociedades agresivas de delincuentes y psicópatas.

 Ahora si me despido con el cariño de siempre.

Cuídense.
EL JAIME 

 

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