CAYETANO HEREDIA: PROMOCION '74
"Dr. Homero Silva Díaz"
| Página de Homero Silva | EDICIONES ANTERIORES | PROMOCION 74 | |
| REPORTE: PAE EN ACCION | Dr. Manuel E. Morán, M.D. | EX ALUMNOS | |
| Spiritus Ubi Vult Spirat | AGRADECIMIENTOS | Más 74 |
"La Voz del Cachimbo" |
|
Fundado 1967 |
Año XXXIII |
Director Jaime Arias Congrains |
Edición Navideña |

Un regalo de navidad:
A continuación les transcribo un delicioso cuento, escrito por Gabriel Garcia
Márquez en 1968. Se disfruta aún mejor del mismo, si leen el último párrafo
del mismo en voz alta.
ESTEBAN, EL AHOGADO MAS HERMOSO DEL MUNDO
Gabriel García Márquez
Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se
acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo.
Después vieron que no llevaba bandera ni arboladura, y pensaron que fuera una
ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de
sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que
llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la
arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el
pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que
pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se
dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le
había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que
había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la
casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la
muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y
sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su
piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo
tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores,
desperdigadas en el extremo de un cabo desértico, La tierra era tan escasa, que
las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los
niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que
tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los
hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les
bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban
completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban
si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando
al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del
cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de
desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de
océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas,
como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que
sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los
otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los
ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron
conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No
sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que
habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía
en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa
bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los
hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los
zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las
mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela
cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su
muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el
cadáver entre puntada y puntada, les parecía qUe el viento no había sido
nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche,
y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si
aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las
puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de
su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer
habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que
hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría
puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre
las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo
compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces
de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y
terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más
escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por estos dédalos de
fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por su la más vieja había
contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
- Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que
no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes se
mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y cm
unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El
lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron
estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la
camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el
mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas:
era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las
que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un
estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado
por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de
infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba.
Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a
descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber
qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de
la casa buscaba una silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo
siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes,
sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne
viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas,
no se preocupe, señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza
de desbaratar la silla, y acaso no haber sabido nunca que quienes le decían no
te vayas Esteban, espérate siquiera para que hierva el café, eran los mismos
que después susurraban, ya se fue el bobo grande, que bueno, ya se fue el tonto
hermoso. Estos pensaba las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer.
Más tarde cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la
luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus
hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón.
Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras alentándose
entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban
mas deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez
más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la
tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así, que cuando
los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los
pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
. ¡Bendito sea Dios! - suspiraron- ¡es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades
de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que
querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera
el sol bravo de aquél día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas
con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura,
para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron
encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin
tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se
mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a
la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se
apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo.
Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas
estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularíos del buen
viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al
cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me
haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las
suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de
altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que
llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían
tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras
se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres
terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto
al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres,
mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de
la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento:
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. SI les hubieran
dicho. Sir. Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su
acento de gríngo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar
caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba
tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas
uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le
quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de
que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado, ni tan hermoso, y si
hubiera sabido que aquello Iba a suceder habría buscado un lugar más discreto
para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo a un áncora de galeón en
el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa por los
acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como
ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no
tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta
los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del
mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los
ahogados, hasta esos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con
la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas sí si podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres, tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus suelos, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás, Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro, ya murió el bobo grande, que lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso, que se queda a dormir debajo de las camas, allá donde el sol brilla tanto que no saben hacia donde girar los girasoles, si allá, es el pueblo de Esteban.

Cúidense
EL JAIME
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PD: Lo que sigue es el directorio de los cumpleaños prometido (corregirme si hay errores)
| APELLIDOS Y NOMBRES | ||
| SINCHE YUPANQUI, Teodoro | 7 | Enero |
| GONZALEZ DEL RIEGO BURGA, Jaime | 17 | Enero |
| PARODI ZEVALLOS, Luis Angel | 19 | Enero |
| MEDINA CARO, Jorge | 7 | Febrero |
| ECHEVARRIA LANDAURO, Juan Carlos | 8 | Febrero |
| IGLESIAS SALAZAR, Bartolomé | 14 | Febrero |
| NUÑEZ ROMERO, Jorge Oswaldo | 26 | Febrero |
| JARA GALLARDO, José | 27 | Febrero |
| LLERENA MORA, Shirley | 28 | Febrero |
| AYASTA PALACIOS, Estuardo | 7 | Marzo |
| OSORIO VALVERDE, Felizardo | 7 | Marzo |
| CASTILLO DURANTE, Aitor | 10 | Marzo |
| LEMA OSORES, Juan Jorge Alfredo | 10 | Marzo |
| MANCILLA MACHUCA, Luis Adolfo | 11 | Marzo |
| DANCUART TRAVERSO, Frank | 21 | Marzo |
| ZLOCZOVER ELLENBOGEN, Gerardo | 4 | Abril |
| CANO PEREZ, Roque Aurelio | 9 | Abril |
| CHUNG CHONG, Dina Rosa | 9 | Abril |
| KUKURELLO NEYRA, Jorge | 10 | Abril |
| EURIBE ROJAS, César | 16 | Abril |
| CARAVEDO REYES, Luis | 18 | Abril |
| CACERES CHU, Eduardo Anselmo | 21 | Abril |
| RISCO CABALLERO, José Miguel | 25 | Abril |
| CISNEROS MENDIOLA, Luis Alfredo | 27 | Abril |
| VELEZ ROMERO, José | 2 | Mayo |
| GUERRA CASTILLO, Luis Enrique | 3 | Mayo |
| REYES NORIEGA, Franklin | 10 | Mayo |
| CALDERON MONCLOA, José | 12 | Mayo |
| MIKI YOSHIDA, Roberto | 18 | Mayo |
| SOLIS VILLANUEVA, José Enrique | 21 | Mayo |
| VEGA SANCHEZ, Sarah María | 7 | Junio |
| JIMENEZ BUSTAMANTE, Jorge | 12 | Junio |
| SALDARRIAGA GUERRA, Augusto | 15 | Junio |
| FRANCO MORENO, Luis Armando | 22 | Junio |
| SAMANIEGO CAMPOS, César | 30 | Junio |
| RONDINEL CORNEJO, Eduardo Aldo | 1 | Julio |
| CASTILLO GONZALES, Luis Enrique | 2 | Julio |
| LU BASAURI, Luis Washington | 3 | Julio |
| PAREDES ROMERO, Jorge | 4 | Julio |
| RUBIÑOS DEL POZO, Jorge Armando | 6 | Julio |
| MIESES RAVINES, Miguel Angel | 8 | Julio |
| SALAZAR LINDO, Eduardo | 15 | Julio |
| RODRIGUEZ MOSSONE, Héctor | 23 | Julio |
| FRANCO JOHN, Juan José | 29 | Julio |
| TERRONES SILVA, Félix | 29 | Julio |
| SOLC SOLC, Zucel | 8 | Agosto |
| ARIAS CONGRAINS, Jaime | 16 | Agosto |
| ROSALES GARCIA, Juan | 20 | Agosto |
| VELIZ VILCAPOMA, Fernando | 22 | Agosto |
| BERNARDO CANGAHUALA, Roberto | 26 | Agosto |
| PEREZ MATOS, Edmundo José | 28 | Agosto |
| BERENDSON SEMINARIO, Roberto | 7 | Septiembre |
| CASAS CASTAÑEDA, Jorge Alberto | 13 | Septiembre |
| BENITO ARAGON, Germán Cristóbal | 15 | Septiembre |
| RIOJA NOMBERTO, César Augusto | 15 | Septiembre |
| GALINDO VEGA, Octavio Manuel | 23 | Septiembre |
| MENAJOVSKY LUDIN, Eduardo José | 24 | Septiembre |
| REAÑO SALAZAR, Rómulo Eduardo | 25 | Septiembre |
| SAN ROMAN, JOHN, Ervin Manuel | 30 | Septiembre |
| FRANCO CORREA, Luis Alberto | 5 | Octubre |
| RAFFO NEYRA, Milagros Aurora | 5 | Octubre |
| TORRES AGUILAR, Ernesto | 6 | Octubre |
| DODOBARA SADAMORI, Luz Violeta | 7 | Octubre |
| LOPEZ ODRIA , Olga Margarita | 9 | Octubre |
| CHUY CHIU, Mario Wilfredo | 13 | Octubre |
| JORGE AGUILAR, Ulises Jesús | 13 | Octubre |
| BARNECHEA LANDA, Gastón | 20 | Octubre |
| LITUMA AGUIRRE, Doris Mara | 1 | Noviembre |
| OLAECHEA ALMANDOZ, Jorge | 1 | Noviembre |
| LEWITUS HELLER, Ricardo | 2 | Noviembre |
| RISCO DENEGRI, Carmen | 2 | Noviembre |
| YANQUI SANCHEZ, Jorge | 2 | Noviembre |
| HEINICKE YAÑEZ, Hugo Ricardo | 6 | Noviembre |
| CARDENAS RUIZ DE CASTILLA, Julio | 8 | Noviembre |
| LLOSA ISENRICH, Lucía | 9 | Noviembre |
| BARRIOS TEJADA, Alberto | 13 | Noviembre |
| HOEFKEN PFLUCKER, Hugo | 27 | Noviembre |
| FRANCO JERUSALMI, Mauricio | 6 | Diciembre |
| VANDERGHEM BRANIZZA, Andrés | 24 | Diciembre |
Las opiniones vertidas son de sus autores, y
no representan el modo de pensar del Editor, del Peruvian American Endowment, de sus
Directores, ni mucho menos de Cayetano Heredia.
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